sábado, setiembre 27, 2008

Capítulos 9 - 10 y 11 En donde se empiezan a pudrir las cosas.

Las del Laboratorio Cap. 9

Las mujeres y esas cosas. La mañana fue transcurriendo como tantas otras. Aburrida. El verano estaba instalado en la estepa y estar fuera de la casilla, al sol, era agradable sólo por un rato. Mejor meterse en la jaula y echarse en un rincón fresco. Como una fiera de zoológico, con la lengua afuera y esperando que ocurriera lo inesperado. Entre las dos y las tres de la tarde llegaría un turno intermedio para la planta de agua pesada. En ese mismo turno, tres veces por semana, venían las del laboratorio. Eran dos. Las únicas mujeres que trabajaban en las instalaciones de Prima I. Por supuesto eran el comentario de más de una conversación durante las tediosas horas pasadas en la Planta. Una de ellas, casada con uno de los ejecutivos, hermosa y exhuberante, gustaba de levantar miradas y pensamientos entre los varones con sus escotes pronunciados y caminar de gacela. La otra, un poco más joven -no llegaría a los treinta-era de provocativa nariz prominente y bellos ojos pardos con mirada de querer novio. Ese mediodía la fiera andaba particularmente alzada y su pensamiento derivó en el próximo pasaje de las chicas por el interior de la casilla en el acto de fichar su entrada. En esos casos no era la primera vez que se producía un contacto visual demasiado significativo, sobre todo con la joven. El animal decidió que ese día provocaría un shock, de ser posible en ambas presas. Se le metió en la cabeza que tarde o temprano alguna tendría que caer en sus garras. Los muchachos de ese medio turno no eran más de tres o cuatro y por lo general pasaban fichando en tropel, entre risas y bromas estúpidas propias de su edad. Las mujeres pasaban juntas entre sí pero alejadas de ellos, conversando sus cosas. Sirviéndose de un repasador fabricó un cilindro apretado que colocó por dentro del pantalón y delante de su paquete, lo cual confirió un bulto fenomenal y fuera de lo común, dando la sensación de poseer un miembro más que generoso. Dado lo exiguo de las medidas de la casilla, si él se colocaba parado, dejando sólo el espacio suficiente para pasar, las hembras no tendrían más opción que admirar semejante y oculto atributo sexual. Sólo bastaba esperar el Tragaleguas que ya se veía venir bajando por el camino desde la entrada principal.

Las cosas ocurrieron del mejor modo esperado. Los jóvenes pasaron primero, y atrás, las mujeres, en el centro de esa tarde calurosa, apenas pudieron esconder su sorpresa y en silencio miraron el provocativo bulto y luego mirándose entre sí pasaron perseguidas por los ojos de la fiera que se relamió con satisfacción.

Nocturno Cap. 10

Se le cae la cabeza. Eso les pasa a todos. No estoy parafraseando a Camilo Cela, aunque sí. Él se golpea la cabeza contra la mesa. El esfuerzo por mantenerse despierto no entra en ningún tipo de descripción. Sólo hay que tratar de permanecer despierto durante toda una noche por obligación, para entenderlo. A veces se hace: Cuando se es muy joven por puro gusto, por ejemplo, con el afán de desaparecer del control de la vida "normal". También velando a un muerto: la mayoría de la gente se va cuando no resiste más, en medio de la madrugada, o aparece en las primeras horas del día, luego de haber dormido una buena parte de la noche.

Él parece despierto. Está con los ojos fijos en el transponer del vidrio de su casilla. Afuera los faroles verdosos que parpadean imperceptiblemente al compás del taca-taca del grupo de energía, dan un motivo a su estado en esa des-hora de las tres de la, ¿noche?, ¿madrugada? Escucha con automatismo (casi autismo), el Jazz que le inyecta la bendita radio que lleva en cada turno. Ella lo salva de estallar a patadas y en pedazos junto con los vidrios de su maldita casilla de guardia. Es un trance. No sabe cuanto puede soportarlo. Como en una nebulosa piensa que si alguien le cae en ese momento a pasar el tiempo ¡Oh, Dios!, no-responderá-de-sus-actos.

Muerte.

Para el que llegue.

Para él.

Transfiguración para esta noche que no pasa; que no termina; que se prolonga inútilmente. Inútil, sí, porque conduce a la nada; a la estúpida madrugada en la que sobre la agonía habrá que fingir: Comportamiento. Apariencia. Deber. Disciplina. Orden. Atención. Optimismo. Predisposición. Inteligencia. Educación. Obediencia.

Todo en dos metros cuadrados.

Encerrado en su jaula, sólo desea muerte, muerte, muerte...


La mujer ajena Cap. 11

En mis prolongadas recorridas con el jeep por todo el campo, me había tocado más de una vez cenar en el comedor que servía al personal que construía Prima 2. Era una manera de matar el interminable tiempo que requería cada turno. Sobre todo el de noche, que por supuesto era el más tedioso e insufrible. En una de esas ocasiones llegué antes de lo previsto y encontré que la mujer que servía las mesas, también era la encargada de prepararlas antes que llegara el personal. Era esta, una gordita algo madura pero reluciente como una guinda a punto y según se sabía, vivía en alguna de las casas de puesteros de la región. Al vernos me clavó la mirada a lo que respondí de igual forma. Fue evidente que ambos aprovechamos la circunstancia de estar solos en todo el comedor, pues el cocinero ni se veía, ocupado como estaba en su cocina. Esto y deducir que así como disponía las mesas antes, haría lo propio al final, fue todo una. Después fue llegando la gente y se sirvió la cena. Durante el transcurso de la comida, nuestras miradas se cruzaron más de una vez y a mí la calentura me llegó hasta la punta de los pelos, pues como dije, la mujer tenía bastante que ofrecer. Cuando terminé fui uno de los primeros en retirarme, ya que siempre era observado por la circunstancia de ser el guardia y no podía distraer mi ocupación por un tiempo prolongado. Esta gran mentira quedaría descalificada por los hechos que a continuación relataré. Me fui no sin antes hecharle una significativa y última –por el momento- mirada. Ella lo notó y se sonrió disimulando con otro, sentado a la mesa que estaba sirviendo. Fui hasta Prima 2 a visitar a Luis y estuvimos mateando un buen rato. Cuando calculé que la cena habría concluido, subí al jeep y zarpé en busca de mi aventura inesperada. Las luces del comedor seguían encendidas y el cocinero subía en ese preciso instante en su camioneta para irse –supongo- a su casa en Colonia Nahuel. Esperé que se fuera y estacioné detrás del edificio de forma que nadie pudiese ver el jeep desde el camino interior. Por suerte y como ya dije, era una zona invisible desde los otros puestos de guardia y arriesgando que me llamaran por el radio, entré temblando al comedor. La gordita me estaba esperando y hacía como que acomodaba cosas. Luego me contaría que había convencido al cocinero para que se fuera sin ella, ya que siempre la dejaba cerca del puesto en donde vivía con su familia. Era allí y ahora, o nunca. Casi me abalancé sobre ella y por supuesto no se resistió. Sus generosos pechos descansaban en una pancita bastante prominente y cuando la tomé por detrás se retorció de gusto. Su trasero no era menos abundante y la gocé mientras ella hacía lo propio exhalando gemidos de placer. Me dio la sensación de falta de favores masculinos y por esa razón seguramente el trámite fue demasiado rápido y acorde a las circunstancias de estar en falta tanto ella como yo. Después le ofrecí acercarla con el jeep hasta su casa en las cercanías, la dejé prometiéndonos una próxima vez que jamás se cumplió y sin remordimientos me fui a Prima 1. En el camino lo consulté por radio al Gordo por si acaso y este riéndose –no sé por qué- me dijo que estaba todo tranquilo.


lunes, abril 09, 2007

Relaciones - Cap. 7




Relaciones Cap.7

-Pensamos que te habrías dormido, así que decidimos venir a salvarte de las iras de tu jefe -le dicen con sorna.
Son Daniel y Charli, los electricistas de la Planta que irrumpen en la casilla. Está a oscuras. Sólo brilla la lucecita roja del radiocomunicador vigilante, dispuesto a recibir y reproducir. Él, clavado en su silla, mira sin ver el resplandor verdoso de los focos exteriores a través de los vidrios.
-Son las tres Carlitos, no podemos permitir que te duermas y descuides la vigilancia -dice Charli.
-Mirá si nos pasa algo allá adentro, ¿quién se va a ocupar de la acción si no es nuestro atento guardia? -se burla Daniel.
Ellos tienen alrededor de veinticinco años y ganas de divertirse; sus overoles huelen ácidamente a productos de la planta. Vienen de allí y sus botines de trabajo, dejan huellas de polvo «non-sancto» en el piso de la casilla de guardia.
-Decí la verdad viejo ¿Cuánto darías por una cama medianamente mullida a esta hora?
-¿No te queda el culo plano de estar allí sentado tantas horas? -insisten.
Son buenos chicos, piensa, no lo hacen con maldad. Tienen un rato libre y vienen a joder nomás.
-Estuvimos reparando una conexión del «Muerto» y ahora no sabíamos qué hacer. La hora no pasa más -dice Charli.
El ingeniero se retiró a la oficina para cotejar datos -subraya Daniel con sorna aludiendo a que se iba a dormir, mientras se le acumulan horas extras de trabajo.
-Le debe estar dando duro al ojo. Hasta mañana no aparece -corta Charli- Dale, venite a jugar un truco en la Planta, así nosotros estamos cerca del proceso, ¿a esta hora quién te va a llamar?
Daniel mueve la llave y la luz intensa y blanca del tubo fluorescente inunda la pequeña casilla. Carlos da un salto desde su asiento y de una trompada acierta en Charli haciéndole volar el casco de seguridad. Se abalanza sobre Daniel y agarrándolo del cuello lo aprieta contra la puerta. El electricista, incrédulo, ve los ojos de Carlos surcados de venitas enrojecidas y le grita a Charli. Este abre la otra puerta y arranca a Carlos a un rincón. Los dos técnicos retroceden hacia afuera tratando de calmarlo.
-¡Pará Carlos! Fue una broma, no sabíamos... Es esta hora podrida; disculpá che, no es para tanto.
-Sólo queríamos tomar unos mates con vos...
Se alejaron hacia el galpón.
El frío exterior le hizo bien. Se apoyó en un poste y sintió el rocío que formaba gotitas heladas en el alambrado.

Frente a él, la Planta, ventanas iluminadas; exhalaba vapores por sus chimeneas y le pareció un barco varado entre las siluetas negras de los cerros.
Los electricistas se dieron vuelta para mirarlo antes de entrar.

Él lloraba.

Tiempo interior Cap. 8

Esa noche Carlos ve desde su puesto -a oscuras para no ser visto él mismo- el movimiento en los alrededores de la planta. Los cascos verdes van y vienen. Es la una y treinta. Hora del café. Un tiempo de liberación en la monotonía del turno de producción. Esto de la «producción» se decía para cubrir apariencias; en realidad se trataba de cumplir un horario y cobrar el sueldo a fin de mes, pues hasta el momento poco y nada concreto se había logrado. Desde hace un rato los grupitos, de a dos o tres, andan dando vueltas anticipando el tiempo libre que les proporcionará la reglamentaria colación de la medianoche. Finalmente una veintena de personas se reunirán en la cafetería, a la que le queda grande esta denominación, pues se trata de un cuarto de no más de dos por cinco metros, con una larga mesada sobre un costado. Una pileta y un anafe de dos hornallas alimentado por una garrafa a gas, completan el lugar. Estantes en la parte alta de la pared se usan para contener cacerolas, jarros y cubiertos. El café, té y azúcar, de los que se dispone a discreción –porque hay que reconocer que las vituallas no escaseaban- se guardan también allí. Cada noche y por turno, dos de los operarios se ocupan de tener todo listo. El pan y la leche se traen a último momento de la cocina; para lo cual hay que requerir la participación del guardia, quien es el responsable de la llave de ese lugar. Las primeras veces que Carlos fue solicitado para esto, se sintió bajo la presión del que es analizado en sus movimientos por los que lo consideraban un extraño, puesto allí para vigilar al resto. No al cuete era "el vigilante". ¿Eran estos sus compañeros? Él los sentía como tales pero ellos -se notaba en su actitud- no pensaban igual. Mas bien lo veían como al que podría contarle a los jefes, lo que hacían en el transcurso del día y de la noche.
Al poco tiempo de mi ingreso en la Empresa comencé a notar esa especie de discriminación. El Cuerpo de Vigilancia recién se había conformado y nadie tenía muy claras la funciones que desempeñaría. Dado que el designado como jefe por la Empresa, también era quien había organizado los turnos rotativos y los parámetros dentro de los que deberían actuar los guardias; se suponía que aquellos habían sido claramente especificados a su gente. Sin embargo, no se tuvo en cuenta que el Jefe era un militar retirado. Y lo que podría haber sido un grupo con funciones específicas a cargo de un coordinador; fue en cambio un Jefe con subalternos, al peor estilo militar. Varios empleados, cuando se animaron, le preguntaron a Carlos si portaba un arma oculta. Arma no llevaban, (más adelante él diría que de haber tenido que llevarla, no hubiera aceptado el trabajo). Uniforme tampoco; simplemente se les exigía usar el casco verde que era reglamentario para todo el personal como medida de seguridad. Los parámetros de actuación impartidos por el Jefe, consistían en la revisión al azar –no a todos- de bolsos o maletines de los empleados, a la salida del trabajo. Además repartió los turnos de trabajo y dividió a las doce personas en grupos de a tres, sin preguntarle a ninguno si se encontraba cómodo con los que tendría que compartir permanentemente el trabajo de doce horas de día y de noche.
El resultado fue que ni los guardias tenían claro a qué atenerse en el trato con operarios, empleados de administración e incluso superiores a cargo del trabajo cotidiano. Ni tampoco estos sabían bien qué podían esperar de los guardias.
Pero hubo excepciones.
Habría corrido un mes, más o menos, de mi ingreso, cuando ya familiarizado con los horarios, observaba con interés desde mi aburrida jaulita vidriada, los movimientos de toda esa gente que me rodeaba yendo y viniendo de un galpón a otro, llevándose mensajes de trabajo entre secciones, transportando diversos elementos o moviéndose en conjunto rumbo al comedor común, a la hora de almorzar y cenar. Los que mayormente se movilizaban de aquí para allá, eran los encargados del mantenimiento: electricistas y mecánicos, sobre todo. Entre ellos habría de encontrar –gracias al cielo- un grupo de amigos que me brindarían su confianza. Y yo a mi vez, la mía a ellos; hasta el punto en que el reviente final de toda esta historia, estuvo –para mi provecho- apañada por estos amigos.
Cierta noche –lo recordaré siempre-, tomé la decisión, apagué la luz de la casilla para que no se notara a simple vista que no estaba en mi puesto. Salí y me dirigí a la Planta de producción -era más grande el nombre que el lugar en sí mismo- Entré y me di cuenta enseguida de la sorpresa que había provocado en la veintena de hombres que allí accionaban. Era la primera vez que lo hacía y debo decir que seguramente era el único guardia que lo había hecho hasta el momento: En primer lugar porque el servicio de vigilancia se había concretado hacía poco, con este Jefe y la gente por él seleccionada. Y además porque –mal o bien- el Grupo de guardia era gente con poco vuelo, que consideraba que el hecho de ser "de vigilancia" implicaba poner un abismo de comportamiento social entre vigilantes y vigilados. Fue así que de un vistazo ubiqué a los tipos que tenía apuntados como posibles de brindar amistad, dejando de lado la desconfianza que los cargos nos imponían. Ellos eran cinco, tal vez seis, en su mayoría componentes de la Sección Mantenimiento. En ese momento no estaban todos ellos, a raíz de los diferentes turnos rotativos que estaban armados para trabajar durante doce horas y descansar veinticuatro; volviendo a continuación, pero en el turno contrario, ya sea diurno o nocturno. Los encaré con decisión y les pregunté las trivialidades que se acostumbran en esos casos, cosas sencillas: que el tiempo, que el frío, el calor, ambigüedades para entablar una conversación que Dios diría a donde podía ir a parar. La primera sorpresa de verme allí frente a frente hablando de lo común, dio paso a un cauteloso pero aceptable nivel de charla intrascendente. Traté de no ser ni estúpido ni inquisidor, transmitiendo una posición de confianza y estoy seguro que en ese momento nació la inserción en un grupo que durante bastante tiempo permaneció unido, al punto de reunirnos con nuestras familias en la casa de cualquiera de nosotros para hablar de la vida, los hijos, las mujeres y esas cosas.

miércoles, abril 04, 2007

Hubo una vez el indio Cap.5


Cae la tarde de Patagonia. El aire diáfano deja a sus tonos dorados resaltar entre celestes. Un rosa extendido se apoya en los cerros que recortan el horizonte. Una sola estrella -posiblemente Venus- intensa y fija, adelanta la noche. Las bandurrias, en bandadas de cuatro o cinco, levantan vuelo desde el mallín y planean llamándose entre sí haciendo sonar su fuerte graznido, que como un campanazo resuena en el aire fresco. Hay un hálito mapuche en el viento que baja por las rocas del cerro vecino.
Los hombres en la actualidad, encuentran puntas de flecha que pasan a ser un recuerdo en la vitrina. Pero, ¿de aquella gente, qué se hizo?
Ahora el viento trae el taca-taca del equipo del progreso y también el olor del gasoil combustionado. Adentro, en la Planta Química, el polvo verde espera en las bolsas para ser transformado en un gas de vida y muerte, para probar que el hombre puede.
Y el indio podía.
Conocía todos los elementos.
Vivió siglos en la Patagonia ocupando la estepa, el río y la montaña.
Cazaba para comer y pescaba también; tenía animales para sacarles leche. Con los cueros y pieles hacía tiendas y se abrigaba en invierno.
Sabía hacer fuego.
Criaba hijos para fortalecerse.
Se volvía viejo para dar consejos. Y todos respetaban su experiencia.
Protegía lo que le rodeaba porque su instinto le decía que lo necesitaría siempre.
La Naturaleza lo aceptaba como a uno más y no le oponía otra resistencia que la del equilibrio natural.
Así la convivencia y la felicidad fueron perdurables durante siglos tal vez.
En otras tierras, cruzando el océano, el hombre «evolucionó» y como ser «civilizado» se dispuso a «progresar». Comenzó a utilizar el conocimiento en su exclusivo beneficio.
No conforme, emigró y conquistó lo que no era suyo, considerando que llevaba «la Verdad».
No se dio cuenta que era su verdad y no se la habían pedido.


El U-10 Cap.6


Una hora después de la cena, escribo en el libro de partes:
«Siendo las 22:30, salgo con el Jeep a efectuar una recorrida hasta Prima II».
Quiero que me vean en actividad ahora, de forma de pasar inadvertido durante la noche. El Gordo ve el jeep a lo lejos y me llama por radio: «Móvil 1, móvil 1. Cambio.»
Contestó sin detener la marcha pues sé que para mi compañero, soy perfectamente reconocible debido al color rojo del vehículo. Nada importante, solo curiosidad por saber adónde voy. Llego al puesto de mi amigo Luis, entro y me quito el molesto casco. Saco del bolsillo dos manzanas que robé de la cocina al pasar.
-Esta noche lo hago -le digo.
-Vos estás loco – se ríe nervioso Luis.
-Ya avancé demasiado en averiguaciones, no lo puedo postergar.
-¿Pensaste en que puede llegar alguien y vos, adentro...? – me insiste Luis.
-Lo tengo todo pensado. Ya casi lo hago el otro fin de semana y lo postergué al cuete. Mirá; si tiene que venir alguien un sábado, lo va a hacer antes de las doce de la noche, después es difícil. Además, cualquiera que entre, el Gordo me avisará por radio. Preparé una prolongación desde la casilla y voy a tenerla cerca todo el tiempo...
-¿Cómo vas a confiarte en el Gordo? No le habrás contado... – me interrumpe Luis.
-Por supuesto que no. Pero ya lo tengo domesticado. Favor por favor, siempre le llevo comestibles extras de la cocina y él me avisa cada ingreso desde la entrada, para que yo esté siempre listo como un Boy-Scout.
Tomamos mate juntos casi una hora, cavilando cada uno para sí y sin hablar. Afuera la oscuridad es total y sólo la luz verdosa del foco, ilumina la desértica entrada al área de Prima 2. La noche se extiende más allá, como una incógnita en donde sólo se adivinan los cerros en los alrededores.
Era ese un sector todavía no habilitado, pero su instalación se consideraba un futuro éxito, pues en pocos meses más sería inaugurado. Estaba poco vigilado: sólo la entrada al sector, circunvalado por un alambrado alto. El Secreto era total; solo se sabía que reemplazaría las precarias instalaciones de Prima 1, en donde parecían haberse detenido las cosas incluido el tiempo. Los comentarios decían que Prima 2 estaba siendo equipado con los adelantos técnicos más avanzados y que allí por fin, se podría salir del estancamiento de las investigaciones.
Di por concluida la mateada y dejando la calabacita sobre la mesa me levanté y salí. Luis me sigue y quedándose en la puerta, espera que suba al Jeep y arranque. Los dos sabemos que hasta el día siguiente no nos veremos para comentar lo sucedido. Recién en el micro que nos llevará de vuelta a casa, podré contarle el resultado de la operación.
En los pocos kilómetros que me separan de mi puesto en Prima 1, voy repasando mentalmente los pasos del «Procedimiento U-10»; como se lo ha bautizado. Creo estar listo para hacerlo de memoria, cosa de no perder tiempo en leer. Confío en que la Planta no se haya «enfriado» demasiado. Es más de media noche y hace seis horas que los chicos del último turno «cortaron» para irse. Tengo claro que al retomar la actividad los lunes, la mañana se va entera en la puesta a punto para alcanzar la temperatura de trabajo.
Voy a escribir en el Libro de Partes, que salgo para hacer una recorrida por la Planta Prima 1 y alrededores, pero pienso que es mejor no hacerlo. Si tardo demasiado entre el comienzo y el fin de la operación, estaría ausente del puesto de vigilancia durante un lapso sospechoso. A pesar de que con Luis me mostré seguro, sé que no es así. Siempre cabe la posibilidad de que aparezca algún cabrón de improviso a cualquier hora; también el Gordo podía fallar en avisarme y si me agarran manipulando los equipos, seguramente me echarán y quizás con alguna otra consecuencia. Prefiero entonces no anotar mi salida y en caso de ser descubierto, inventar cualquier excusa.
El ingreso a la Planta Química era lo de menos. Se decía que estaba prohibido a toda persona que no formara parte de los equipos de trabajo y en ese "decir" consistía toda la seguridad. Las puertas hacía rato que tenían sus cerraduras deterioradas y no funcionaban. Salvo dos o tres oficinas en donde se guardaban las teorías de los procesos y resultados, cuyo acceso era privativo de los ingenieros y licenciados jefes, lo demás era de cerramiento figurativo y nada real. El cuerpo de vigilancia estaba autorizado a recorrerlo absolutamente todo; pero como vivía dominado por la hijoputés que administraba el Jefe, sus componentes se cuidaban muy bien de ingresar en determinados lugares. Uno de estos era precisamente la Planta Principal de Prima 1, en la que en ese momento, una vez más, Carlos se filtraba.
Adentro, las luces de unos pocos fluorescentes permanecían encendidas en los prolongados «cortes» que acarreaba el descanso de fin de semana. Iluminaban algunos sectores, dejando otros a oscuras, con ese lastimoso y lúgubre resplandor de los tubos de neón. Calefactores eléctricos de cuarzo que ayudaban a soportar el frío, enrojecían los rincones, ya que no se desconectaban previendo la gélida llegada en el amanecer del siguiente lunes. El viejo galpón que hacía las veces de planta de investigación, chifleteaba por todos lados y sólo un argentino podía entender y aceptar que el conjunto trataba de ser un importante centro nuclear; casi único en América del Sur.
Los cables eléctricos cruzaban el espacio, abandonando el circuito original que alguna vez habría sido prolijo. Las continuas marchas y contramarchas indicaban acortamiento de trazados, no exentos de la abulia del operario de turno. Los tubos metálicos, de algún material parecido al acero inoxidable, hacían curvas mediante bridas abulonadas y transportaban el producto de las operaciones de ensayo. Por intrincados laberintos que, sin duda fueron parte de un trazado idóneo en el tablero de dibujo; al correr un par de años de trabajo, se habían visto obligados a realizar irrespetuosas desviaciones por lugares impensados originalmente.
Los tableros de comando electrónico eran una mezcla de elementos importados con improvisación criolla, donde hasta un lego descubría la desidia del realizador de esos engendros, con el consentimiento de sus jefes. Sin embargo, a este caos parecido a un dibujo de historieta, había en cierto modo que sacarle-el-sombrero. Si se tenía en cuenta el "despoder" financiero de La Empresa S.E., en relación directa al desorden de un país cuya clase dirigente se ocupaba únicamente de sus problemas partidarios y en llenarse los bolsillos, con el terrible agravante de un gobierno militar enfrascado en la represión antiguerrillera, a la cual pretendía borrar del mapa; los científicos, casi como los antiguos alquimistas, llevaban adelante un proyecto ambicioso y estaban a punto de alcanzarlo. Por suerte para el grupo que comandaba el doctor Vatom, había continuado el flujo de dinero comprometido por el gobierno militar, que era quien tenía gran interés en el asunto; a pesar de los altibajos económicos y por lo menos hasta ese momento.
Me dirijo a un extremo de la planta, en el que una pequeña casilla de madera encierra los mandos electrónicos. En la puerta alguien había dibujado el emblema de la calavera con las tibias cruzadas y un erudito gracioso estampó la famosa frase del Dante en la entrada al Infierno. Frente al tablero principal busco las llaves a cuchilla números 1 y 2, conectándolas con decisión y de un solo golpe como les había oído decir a los muchachos: paradójicamente, primero la 2, después la 1. A los cinco segundos se encienden tres indicadores verdes y el circuito está en marcha. Salgo de la casilla y voy al tablero central, para lo cual tengo que contorsionarme pasando debajo de las estructuras que sostienen las instalaciones de cañerías transportadoras del producto. Pienso que en caso de accidente será difícil salir de allí con rapidez. A lo largo de un rato espero nervioso que los indicadores marcados A, B y C enciendan sus luces. Si esto no acontece en unos diez minutos, quiere decir que la planta se enfrió demasiado y tomaría horas ponerla a punto. En ese caso debería abandonar la operación por esta vez. Por fin, a los nueve minutos con veinte segundos parpadean y quedan prendidas.
El «Proceso U-10» puede comenzar.
¿Por qué hacía Carlos esto? ¿Compensación al tedio insoportable en su puesto de vigilancia? Horas y horas dedicadas a nada, vigilando lo impredecible ¿Venganza implícita ante el comportamiento de su jefe? ¿Interés que le habían despertado con lo que hacían, los de la Planta, a los que él consideraba sus amigos y compañeros? Interminables charlas sobre lo que se hacía y se pretendía lograr, con los que estaban a cargo del desarrollo del programa. Esto insumía mucho tiempo de ocio en la cafetería de la planta o en la misma casilla de vigilancia, en donde durante prolongadas mateadas se discutía si lo que se hacía era o no correcto. Pero lo llamado correcto era una ambigüedad: Los defensores del «progreso» a-costa-de-todo, sostenían que había que comprometerse hasta las últimas consecuencias, incluyendo el Tesoro Nacional; puesto que el país que alcanzara un desarrollo nuclear coherente, estaría en condiciones de competir a nivel internacional y recuperaría rápidamente lo invertido. Según ellos había que jugarla a fondo. Carlos, al que no le faltaban "escuchas" y sus opiniones eran consideradas serias por el sólo hecho de ser más viejo -lo que entre los ignorantes sólo basta para dar amplio crédito-, tenía presentimientos que detectaban peligros de índole que él mismo no alcanzaba a definir. A pesar de que su rol no tenía en absoluto que ver con los procedimientos de trabajo que se llevaban a cabo, la gente lo escuchaba con atención. A lo largo de su vida había presenciado algunos cambios físicos en el entorno geográfico, que no encajaban con el pretendido mejoramiento del estándar de vida humano. De chico había escrito ingenuamente, en un trabajo para la escuela: «No me gustan las represas y los diques en los ríos porque cambian el paisaje que quiero».
Estoy por echar la primera medida de polvo negro en el receptáculo, cuando las luces del galpón-laboratorio se apagan; el rojo de los calefactores de cuarzo se extingue rápidamente y los tableros indicadores dejan de parpadear. Creo que me han descubierto y mi mente refleja a mi mujer y mis hijos; despido y a la calle sin trabajo. En la oscuridad total, apoyo con cuidado el cucharón con el polvo en el suelo y tropezando con los «fierros» cruzados por todos lados, llego hasta los lavatorios que están inmediatamente antes de la salida. Afuera; luna llena, estrellas, viento y silencio... silencio absoluto. No hay taca-taca-taca. Entiendo lo que pasa, el equipo diesel que suministra la energía eléctrica, está mudo. Sólo escucho la vocecita desesperada del Gordo, que por la radio aúlla: «¡Guardia Prima I! ¡Guardia Prima I! ¡Guardia Prima I! Toda el área se ha quedado sin luz, incluyendo la entrada principal al campo. Miró la hora en mi reloj: Las dos de la madrugada. Con la emoción de intentar el Proceso de Desarrollo, he olvidado alimentar con gasoil al grupo electrógeno; operación que los fines de semana, al no haber operarios de turno, está a cargo del guardia cada seis horas. Corro hasta la radio que había logrado prolongar hasta cerca de la Planta y contesto: «¡Guardia entrada, aquí Prima 1, cambio!». El Gordo, temeroso de represalias si el asunto llega a conocimiento del Jefe, quiere saber qué pasó. Le explico que se me fue la hora leyendo un libro y el apagón me sorprendió. En pocos minutos recargaré el equipo y restableceré la energía. Corto pensando que tendré que volver a la Planta para eliminar rastros. Agarro la linterna y voy puteándome a mí mismo al galponcito del equipo Diesel.
Una lechuza pasa por encima de mi cabeza, aleteando con fuerza.
Por esa vez se había terminado la investigación aplicada para él.



domingo, abril 01, 2007

Ejecutivos abandonados - caps. 2 - 3 y 4



Edicion Año 2006
«El guardia en la jaula» Novela
Carlos Rey
100 páginas
ISBN-10: 987-05-0627-5
ISBN-13: 978-987-05-0627-0
Gupo Amigos del Libro Patagónico



Ejecutivos abandonados Cap.2


-¿Así que el tren descarriló Jefe? -pregunta el chofer sin quitar la vista del camino de tierra.
-No señor. No descarriló; se le recalentaron los frenos y los fierros llegaron a ponerse al rojo -contesta el Jefe con cara de conocimiento-de-causa.
El chofer conduce con firmeza sobre el inseguro camino de ripio que ondula entre lomadas y cerros altos. Cada curva requiere de su muñeca para salir airoso del otro lado. No va muy despacio para el gusto de Carlos, que sentado en el segundo asiento está atento al Jefe. Es su primer viaje por este camino cumpliendo su trabajo. En otra oportunidad lo había recorrido para conocer la laguna y pasar un domingo con su familia. Ahora acompaña a su superior que va en el asiento de adelante fumando y conversando con el chofer.
-El tren... Cuando no fallan los frenos, falta el maquinista. Nunca va a andar como la gente -comenta Pablo el chofer esquivando un pozo.
-¿Siempre hay algún problema? -pregunta Carlos por decir algo.
-¿Usted cree que a mí me han nombrado jefe porque sí nomás? -dice abruptamente y sin dejar en claro la causa de su enojo- ¡Esté más atento y si descubre una manada de ciervos en los cerros me avisa!
El chofer mira a Carlos por el espejo y amistoso le guiña un ojo.
Son las ocho, el sol pega fuerte y la mañana resplandece de Patagonia limpia. Carlos, con los prismáticos, busca las cumbres más bajas en las que grupos de pinos de intenso verde crecen alineados. Son plantaciones de árboles exóticos hechas por los hombres de las estancias vecinas.
-¡Allá se mueve una manada, Jefe! Pero no son ciervos, son guanacos -informa cumpliendo con el estúpido pedido y señalando, al tiempo que le pasa el binóculo.
-¡Ajá! Hay por lo menos doce, che ¡Lástima que esté prohibido! -deja en suspenso lo que piensa el Jefe, y que seguramente pasa por las ganas de "bajar algún bicho"- Apure, apure y dejemos de pavear. Los capos deben estar que arden de bronca con la quedada.
Las piedras repiquetean en la carrocería del Tragaleguas, el pequeño micro de transporte contratado por la Empresa. A lo lejos, adelante, se divisa la arboleda que circunda la Laguna de los Flamencos.
La ruta nacional, que por su recorrido fue posiblemente alguna vez una rastrillada de indios, sale de Colonia Nahuel, bordea el lago, desvía hacia el Este internándose en la estepa patagónica y recorriendo varias localidades del valle frutícola -en un trayecto de mil kilómetros- llega hasta las playas lejanas del Atlántico. En ese recorrido, apenas a cincuenta kilómetros de la ciudad, se desvía hacia los sectores prohibidos para el común de la gente, de la Planta Físico-Química. Los directivos no ocultan su existencia, que de hecho da trabajo a parte de los habitantes de Colonia Nahuel; pero mantienen un cerrado secreto sobre lo que se lleva a cabo en esas instalaciones. Al llegar a ellas, el camino es cortado por una barrera manual a cargo del personal de vigilancia, que ocupa una pequeña casa con radiocomunicador. Nadie pasa sin una orden especial o un aviso previo y fehaciente a la guardia de turno.
Una curva que obliga a aminorar la marcha, los deja casi al borde de la laguna; la brisita riza la superficie en donde destella el sol todavía no muy alto. Unos teros levantan vuelo a los gritos y dos ovejas escapan detrás del cerco de madera de la casa del poblador. Cuatro o cinco flamencos rosados se lucen en el medio del agua y los patos se zambullen uno atrás del otro. Más allá la estación remota del Ferrocarril del Sur, despereza su sueño de campo albergando durante un rato al grupo patronal de la Empresa S.E., que quedó a medio camino por culpa del tren.
-Señores, el vehículo está a su disposición -dice el Jefe presentándose con una innecesaria venia militar-. Pueden continuar camino a las Plantas. Y ofrece a los ejecutivos el micro en el que acaba de llegar con su subalterno.
-Gracias Jefe, muy eficiente lo suyo. Recuérdeme más tarde para charlar sobre el ajuste del que hablamos -Dice el doctor Vatom, científico y directivo principal.
Y dejando de lado el contratiempo de la demora, continúa con el parloteo que lo ocupaba con el resto de la comitiva, antes de la llegada del micrito, convenciéndose mutuamente de la necesidad de lo que están haciendo.



Domingo Cap.3



Sol pureza. Transparente Patagonia. Olor a campo. Cerritos siempre a mano. Turno diurno. Carlos y Luis, lata en mano prueban los primeros lanzamientos en el Curru Leufu. El día se abre como una promesa que no se alcanza a explicar: Es el Sur.
«Miro la meseta, la de terrazones ovalados y pastos duros de viento.
¿Vos sabés cómo se pesca con lata? Yo te puedo explicar; es una experiencia que no te podés perder y además está prohibido por los reglamentos de los Parques Nacionales, lo que la hace más atractiva si esto fuera posible. Aunque todavía no entiendo por qué, si al fin y al cabo es más difícil y además no tiene gasto de equipo especial.
Tenés que conseguir una lata vacía de duraznos en almíbar (ojo, de tomates no sirve por el tamaño). También un palito; si es redondo mejor, para no lastimarte la mano. Metelo haciendo las veces de diámetro de la lata en su extremo abierto y clavalo a esta en las puntas para que quede
firme.
Ya tenés el cincuenta por ciento. Después vas a tener que conseguir unos quince metros de hilo de nailon no muy grueso. Mas bien finito, porque las truchas se asustan fácil. Hay que atar una de las puntas en el palito y arrollar el resto de hilo en la lata. En el otro extremo le ponés un anzuelo. Ahora esto sí, hay que hacerlo honestamente; quiero decir entre la trucha y vos: Hay que agregarle una «cucharita», o sea un señuelo artificial. Nada de lombrices o tábanos.
Después, todo es cuestión de sincronización: Revolear, lanzar y recoger el hilo enrollándolo en la lata. Esto mismo se repite todo el tiempo. Conviene ir cambiando cada tanto de lugar. Te aseguro que podés llegar a sacar las truchas más lindas.»
Los puestos de guardia son un olvido desde hace rato. Carlos y Luis avanzan en calzoncillos y el torso desnudo por la orilla del río y su espejo los refleja. De plata, zigzaguea bordeando verdes. Liso, parece no correr hacia el destino oceánico. Algunas piedras lo delatan al pasar sobre ellas. Espuma momentánea, deja oír el rumor de su avance de milenios. Imagen y sonido puro porque no surge de lo artificial. Luis y Carlos avanzan en el día de la Tierra y no necesitan más.
Carlos limpió de entrañas dos truchas Arco Iris, mientras Luis encendió el fuego para cocinarlas.
Luis recogió unas ramas secas y les prendió fuego, mientras el hilo de la lata de Carlos se soltó en rulos y el anzuelo buscó el alimento para ese día.
Un hecho arrancado del ser humano a su primera intención en el mundo; a raíz tal vez de un «progreso» que sin ver otras consecuencias, dirigió la inteligencia en un solo sentido de ciencia y "progreso".
Carlos, para cocinar, partió unos palos secos de los que abundan en el suelo, cuando con una exclamación, Luis vio que la trucha mordía el anzuelo. Hace calor, porque es Enero, pero está fresco. Todo lo que los rodea es sano. Intocado.
Sentados, terminan de comer los pescados mirando el río. -Fijáte el tornasolado que hace acá el agua -dijo Carlos con admiración.
-Sí, parece aceite -contestó Luis con ironía.
-Debe ser un efecto de refracción de la luz -insistió Carlos.
-Mirá bien y no digas pavadas. Anteanoche estuve con el ecólogo; con Campanelli. Vino para hacer unos trabajos nocturnos en el campo y se quedó mateando un rato en el puesto. Estaba preocupado. Me confesó que tenía que hacer un informe porque había descubierto manchas de aceite en el arroyo donde tiene instalado un vivero de truchas. Llevó una muestra, la hizo analizar y le dio que era gasoil con aceite de máquina. -Me imagino; se le murieron los alevinos -dijo Carlos.
-No, todavía no pasó nada. Pero está entre la espada y la pared. Si eleva el informe se juega el puesto, lo pueden usar a él como fusible.
-¡Eh! Por unas manchas de aceite, no creo que sea para tanto.
-Mirá -dijo Luis -no me lo iba a largar, pero mate va mate viene, me dijo que sospecha otro tipo de componentes en esas muestras. Ahora está medio jugado y tiene que afrontar.
-¿Qué tipo de componentes?
-Por ejemplo los residuos de lo que se investiga en la planta de Prima I.





El Secreto Cap.4



El Doctor está por llegar. Los guardapolvos blancos y los cascos verdes puestos. Pareciera faltar sólo una banda de música que tocara «Dios salve América».
Ayer en el almuerzo -Carlos disponía de 20´ para ello- escuchó casualmente la conversación a sus espaldas de dos de los ingenieros de la Planta: Polvo gris, polvo negro y polvo verde. Tungsteno-Vanadio, corrosión, juntas y escapes de gases. Mañana viene el Doctor de Buenos Aires. Hay que mostrarle todo en orden y los logros alcanzados.
-Vos no sé que pensarás. Pero esto no camina.
-No te aflijas, ellos saben que con los elementos que nos dan, más no se puede hacer.
-De acuerdo; pero los plazos que se fijaron para la fase Pre-Cero ya se cumplieron y todavía estamos con problemas eléctricos y mecánicos básicos.
-Y bueno che. Son problemas de infraestructura ¿Qué querés con esta planta? Parece como si el plano lo hubiera dibujado un historietista.
-Bueno, supongo que irá mejor cuando terminen de montar Prima II, al menos eso es lo que se dice. Después nos tenemos que poner de acuerdo en lo que vamos a decir, digo, para no contradecirnos. Te espero a las cinco en la oficina.
Una de tantas tardes, y en medio del aburrimiento habitual, Carlos observaba desde su lugar de vigilancia los vapores que llegaban espesos muy arriba. La parte densa de la nube que salía por las chimeneas de la Planta; sobrepasaba la altura de los álamos, que se veían agrisados a pesar de la época.
Recordaba que cuando había ingresado, hacía un año, fue una de las cosas que llamaron su atención: Ese agrisado no llegaba a los quince metros. Los álamos deberían tener unos veinticinco o treinta; lo que significaba un incremento de la corrupción al doble, por lo menos para lo que fuera vegetal. Más arriba, a causa del viento la nube se iba disipando, un sol débil se filtraba por ella y hacía todas las cosas opacas, como vistas a través de un vidrio sucio.
En los tiempos que siguieron a su ingreso, los muchachos de la Planta le comentaban con suspicacia lo que podía estar sucediendo al llevar adelante las investigaciones científicas. Era como siempre: Los que sabían de la cosa, estaban comprometidos y de ellos no se escapaba ningún comentario, a riesgo de perder el trabajo. Los que la conocían a medias hacían de ello un juego; demostraban que sabían más de lo que en realidad conocían y se escudaban en el Secreto.
¿Cuántos sabían la verdad? ¿Quiénes estaban realmente en el conocimiento de lo que se hacía en las Plantas? La respuesta formaba parte de otro "misterio" menos importante, pero al que todos adherían.
Carlos decidió hacer su propia investigación aplicada y para ello esperó un sábado por la noche, fin de semana en que le tocaría estar de turno en Prima I. Era el período en que no había nadie, excepto el cuerpo de vigilancia que él integraba. De día no hubiera sido lo mismo, pues siempre había algo imprevisto. En los alrededores vivían dos o tres peones que, con sus familias, poblaban el lugar. Aunque alejadas un par de kilómetros, podían en sus recorridas a caballo, ver un movimiento no habitual para un fin de semana y delatarlo a los directivos. Además siempre cabría la posibilidad de que alguno de los ingenieros o técnicos jefes apareciera de improviso en misión desconocida y deambulara un par de horas por la Planta Química. En cambio de noche era distinto; nadie se preocupaba realmente por lo que pudiera estar pasando un fin de semana en los lugares de trabajo. Los viernes por la tarde, a las seis, los grupos de turno en las plantas A y B; cerraban las válvulas, desconectaban los tableros de mando electrónico, todo se aquietaba y sólo quedaba en el aire el taca-taca-taca del equipo Diesel que suministraba energía eléctrica a toda el área. Las comidas que iban desde el viernes a la noche hasta la cena del domingo, quedaban en manos de los vigilantes. El turno sólo se componía de tres personas: Carlos compartía sus guardias con el Gordo, quien estaba a cargo de la entrada principal al área y se consideraba por su propia cuenta a sí mismo una especie, de sub-jefe detrás del Jefe principal. Esto se contradecía ridículamente con el hecho de que no sabía conducir, de modo que el Jeep quedaba en Prima I a cargo de Carlos. Por otro lado, Luis, que completaba el terceto, había sido durante mucho tiempo el encargado del acceso principal, pero habiendo caído en desgracia con el Jefe, este lo relegó a la guardia de Prima II; la cual quedaba bastante alejada y en dirección opuesta. Luis compartía con Carlos una entrañable amistad nacida del mismo trabajo, y que iba más allá de cualquier duda mutua. Los tres puestos, separados entre sí unos cuantos kilómetros, formaban una especie de triángulo y se intercomunicaban por radio en una frecuencia estipulada. Podían estar en contacto continuo a pesar de no verse, debido a los cerritos circundantes y la distancia.


(continúa)

jueves, junio 23, 2005

"El Guardia en la Jaula" de Carlos Rey

PRÓLOGO

Cuando se escribe una historia de ficción, se pone una idea básica y mucha imaginación para desarrollarla. Pero no siempre es pura imaginería y en el caso de esta novela el relato recrea las vivencias reales del personaje representado en Carlos, un guardia de vigilancia en una empresa bastante especial que desarrolla actividades nucleares en plena estepa Patagónica -que sea dicho de paso, es pintada con precisos trazos-.
La historia lleva al personaje a sufrir una persecución personal debido a su espíritu anárquico y a situaciones inesperadas, para un modesto empleado de vigilancia.
Pero no me animaría a decir que «esto», jamás ocurrió.

Según la película inglesa "Mentira" (paradójicamente basada en un hecho verídico); una familia cede a los requerimientos de las autoridades de su país, para colaborar en la investigación y posterior apresamiento de un matrimonio del cual son íntimos amigos.
¿Dónde empieza y dónde termina el "deber patriótico" de una persona? ¿Habrá que mentir a su mejor amiga que todo sigue igual, cuando se está colaborando en que se la detenga por espía? ¿No es esa una acción de exclusiva incumbencia de las autoridades?
¿Hay que destruir la vida propia en aras de qué ideal? ¿Del ideal de quiénes?
¿Hay que trabajar con "fe ciega" en que, lo que se está haciendo o produciendo en determinado momento y lugar es bueno-para-todos?
Creo que no debe ser así. Y que por lo menos debemos poner bajo sospecha lo que hacemos.



El Guardia en la Jaula (Nouvelle)

Cap.1

Patagonia. Los vapores se agarran del álamo seco y no lo dejan formar parte del verde vegetal. Es verano y hay una fiesta en los campos por fuera de los alambrados.
Desde mi casilla espero los micros. Están por llegar. Pongo en marcha la rutina de la entrega del turno de guardia. Es cuestión de prender las luces, a pesar de que ya amaneció; subir el volumen del radiocomunicador hasta que el zumbido moleste y poner cara de cumplimiento del deber. Repaso mentalmente lo que hice para dejar el dormitorio del licenciado Peña como si no hubiera sido usado y una vez más, me siento a esperar.
El lugar está dispuesto como el Jefe lo quiere.
Aquella noche de varios meses atrás, me tocaba nocturno y habiendo pasado la hora organizativa –la toma del turno, el preludio a la comida y las anotaciones en el libro de partes-vinieron los infaltables encargos de los superiores, la cena y después todo estuvo tranquilo. A media noche sonó el radio: "Prima I, Prima I, para guardia de entrada... Prima I, Prima I. Aquí guardia de entrada. Cambio".
El Gordo me llamaba con esa urgencia molesta que ponía en esos casos y contesté: "Adelante guardia entrada." Cuidando las formas que exigía una comunicación radial, de la cual se podía enterar medio mundo, me informó: "Al Jeep hay que cargarle nafta; cuando se desocupe venga al surtidor. Cambio".
Contesté con el consabido: "O.K. cambio y fuera", que tantas veces repetía y nunca dejaba de situarme imaginaria y ridículamente, en una serie de televisión norteamericana. Me dispuse a ir.
Ya sabía que el Jeep estaba escaso de combustible, ocurría siempre luego de la entrega de un turno. Al hacerme cargo, era de rutina ir a los surtidores. Estos estaban cercanos a la casita de la guardia, en la entrada, de modo que la llamada me pareció extraña. Fui hasta la pequeña planta de agua pesada que abastecía este elemento a la Planta principal, avisé mi momentánea ausencia al personal y salí.
La entrada principal al campo de producción, se encontraba subiendo unas lomadas suaves, distante unos cuatro kilómetros de donde yo prestaba servicio. Cuando llegué, el Gordo tomaba mate sentado al escritorio, mientras pasaba los partes en limpio.
-¿Sabés una cosa? -dijo mirando para otro lado como acostumbraba- Esta noche cae el Jefe. Nos quiere controlar. Me avisó el Rengo desde la Central en la ciudad. Parece que escuchó una conversación entre los capos y entre otras cosas...
Chupé del mate que me había pasado el Gordo; iba a despotricar, pero no tuve ganas de arruinar esa tibia noche en voz alta y me tragué la bronca junto con el sorbo. Salimos a cargar nafta y regresamos a la casita para anotar el hecho en el parte diario, el cual también yo debía firmar como partícipe. Por un rato seguimos mateando en silencio. Con el Gordo no había muchos temas en común, ni tampoco era tipo para confidencias. Afuera el viento soplaba, como de costumbre, pero tibio.
Ya me iba cuando el Gordo me miró a los ojos, gesto nada común en el policía jubilado. Hacía un año que estábamos juntos en los turnos y fue la primera vez que le dije gracias. Me puse el casco reglamentario, subí al Jeep, lo puse en marcha y me fui.
El silencio, las estrellas, mi casilla vidriada... Escucho Jazz en la radio mientras espero al Jefe con miedo y repugnancia a la vez. Dos y media de la noche, la hora jodida, como dicen los de la Planta. El Jefe debe estar por caernos. A pesar de estar en vacaciones, es más fuerte su deseo de reventar subalternos. Tiene sospechas. De noche no descansa pensando en qué haremos: ¿Dormir?, ¿robar en la cocina?, ¿jugar al Truco confraternizando vergonzosamente con Mauro y el Mellizo que están de turno en la Planta?
Mi casilla está a oscuras. Ahora veo la luz de su vehículo allá lejos en la entrada. El Gordo debe estar abriéndole la barrerita, con cara de haber estado dormitando. Pero no es con él la cosa. Tampoco puede avisarme por radio; se delataría, pues el Jefe viene viajando atento a la de su camioneta. Veo la luz bajando los cuatro kilómetros que separan la casita de vigilancia en la entrada, de mi puesto en Prima I donde aguardo atento. Ahora las lomitas me lo ocultan; debe estar cruzando el puente de hierro del río Curru Leufu. Imagino la cara astuta, fundida en el casco verde que encierra el cerebro militar. La cabina apestará a cigarrillo y la mano estará firme en el volante. Por detrás de los árboles, aparece el vehículo lentamente y con el motor apagado. La luz exterior de los focos de alumbrado le da en pleno. Estoy en ventaja. Mantengo apagada la luz interior y escucho música bajito con el receptor cerca de mi cara. Viene solo. Desciende y avanza entre alerta y fingiendo despreocupación. Llega hasta el vidrio de mi casilla y mira hacia adentro; espera descubrirme durmiendo. En ese preciso instante subo el volumen y enciendo el botón de luz del receptor, que ilumina mi cara sonriente de guardia atento y disciplinado.

Al Jefe no le gustó. Carlos se "ganó" una sanción disciplinaria por no tener prendida la luz de reglamento y no haber salido a recibirlo a la voz de: "¡Alto, quién vive!"


(continúa)

COMENTARIO: Novela editada en formato gráfico en 2006.

En venta en librerías de San Carlos de Bariloche.
Derechos de Autor hechos bajo el nº 386314